viernes, 25 de diciembre de 2009

FELIZ NAVIDAD: NACE EL NIÑO DIOS


ISAIAS


Lecturas:Is 9, 1-3.5-6;Sal 95;Tt 2, 11-14;Lc 2, 1-141. El libro del Génesis muestra a Dios creando el cielo, la tierra y los seres vivientes; como colofón de su obra crea al hombre «a su imagen y semejanza» (Gn 1,26-27). La creación es un acto de amor y una manifestación de la omnipotencia divina. Dios, por su gran bondad, ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. En todo tiempo y lugar Dios está cerca del hombre; le llama y le invita a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. "Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada" (Catecismo Iglesia Católica,


1). Isaías nos lo ha recordado en la primera lectura: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Lleva a hombros el principado y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz» (Is 9,5). Esto es lo que celebramos en esta noche de Navidad.

2. La carta a los Hebreos nos revela que «en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. San Juan de la Cruz, comentando este texto, lo expresa de manera luminosa: "Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra...; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad" (San Juan de la Cruz, Subida del monte Carmelo, 2, 22,3-5).

3. El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, creado por Dios y para Dios, quien no cesa de atraer al hombre hacia sí. Sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha, que no cesa de buscar; sólo en Dios está la verdadera felicidad, estimados hermanos. El hombre lleva en sí el testimonio de su pecado y la experiencia de que Dios resiste a los soberbios. San Agustín, en un diálogo sincero con Dios, dice: "A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti" (Confessiones, 1,1,1). "La razón más alta de la dignidad humana -nos dice el Concilio Vaticano II- consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador" (Gaudium est spes 19).

4. De múltiples maneras han expresado los hombres, a través de la historia, su búsqueda de Dios. Pero esta unión vital con Dios puede ser olvidada y rechazada por el hombre. "Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosa, los afanes del mundo y de las riquezas, el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios y huye ante su llamada" (Catecismo Iglesia Católica, 29). El hombre se encuentra muchas veces en las tinieblas del error, de la ignorancia y del rechazo a Dios, su creador.

5. Era necesario, pues, que Dios salvara al hombre. Como dice San Gregorio de Nisa: "Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (Oratio catechetica 15,3: PG 45, 48).

6. Para salvar al hombre de esta situación el Hijo de Dios entra en la historia humana: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11). En el Credo Niceno-Constantinopolitano confesamos: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre». Jesucristo, haciéndose hombre como nosotros, permite que todo hombre pueda alcanzar la salvación y ver la luz: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz les brilló» (Is 9,1-2), hemos oído en la lectura de esta Noche Buena. Siendo uno de nosotros, puede mostrarnos el rostro amoroso de Dios Padre y enseñarnos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, para llevar una vida de sensatez, de justicia y de piedad (cf. Tt 2,12).

7. En esta noche santa de Navidad, queridos hermanos, la liturgia nos invita a pregustar la dicha que esperamos: «La manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tt 2,13), que viene a salvarnos y a sacarnos de las tinieblas del pecado. Esta noche hemos cantado el Salmo interleccional, en el que repetíamos: «Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (Sal 95). ¡Que Jesucristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, sea de veras salvación para todos nosotros y para todos los hombres!

8. Dios, en su infinita bondad y sabiduría, ha querido revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad por medio de Cristo, Verbo encarnado; por él tienen los hombres "acceso al Padre, en el Espíritu Santo, y se hacen partícipes de la naturaleza divina" (Catecismo Iglesia Católica, 51). San Ireneo de Lyon habla en varias ocasiones de esta pedagogía divina bajo la imagen de un mutuo acostumbrarse entre Dios y el hombre: "El Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre" (San Ireneo, Adversus haereses, 3,20,2: PG 7,944).

9. El Verbo se ha encarnado para salvarnos reconciliándonos con Dios: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10; cf. 3,5; 4,14). El Verbo se ha encarnado para que nosotros conozcamos el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4,9). El Verbo se ha encarnado para que nosotros tengamos vida en Él: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16)". El Verbo se ha encarnado para permitirnos el acceso a Dios Padre: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). El Verbo se ha encarnado para hacernos partícipes de su naturaleza divina (cf. 2 Pe 1,4). El Verbo se ha encarnado para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí» (Mt 11,29). Él es, en efecto, la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

10. El ángel anunció a los pastores la buena noticia del nacimiento de Jesús: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor»
(Lc 2,10-11).
Proclamemos también nosotros esta buena noticia en esta sociedad nuestra, que rechaza cada día más este gran acontecimiento. Proclamemos esta gran noticia, para que la oigan nuestros paisanos y descubran dónde está luz y la verdadera salvación. La Navidad, expresión del amor de Dios a los hombres, nos exige que vivamos el amor a Dios y a los hermanos. Cantemos esta noche con alegría: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor». Amén.

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