lunes, 12 de abril de 2010

BRIHUEGA: ENRIQUE PONCE , MAGISTRAL



Por José Antonio del Moral

12 de Abril de 2010
A lo largo de la historia, muchos matadores han estado veinte años en la profesión. Pero solo uno ha permanecido durante esos veinte años en la cumbre, sin altibajos ni malas temporadas. Ese es Enrique Ponce, el diestro de mejor palmarés de la historia. Ayer en Brihuega dio la enésima lección de pundonor y sabiduría.
Plaza de toros de Brihuega. Domingo once de Abril de 2010. Lleno total en tarde excelente. Seis toros de la Palmosilla, chiquitos, gorditos y de pobres cabezas. Tercero, quinto y sexto impresentables. Enroque Ponce (de burdeos y oro), una oreja y dos orejas. Morante de la Puebla (de caña y oro con cabos negros), una oreja y pitos. Cayetano (de marfil y oro) una oreja en cada toro. Alejandro Escobar bregó muy bien al primero de la tarde.

Enrique Ponce ya había estado bien el primero de la tarde, un toro de embestida corta al que toreó con limpieza y pulcritud por ambos pitones. Pero lo importante llegó en el cuarto. El toro era manso y llegó a la muleta con fuerza y embistiendo con la cara por arriba. Un toro exigente y nada grato. Otro torero se lo hubiera quitado de en medio. Pero Ponce, a pesar de que ya está por encima del bien y del mal, de que es multimillonario y de que Brihuega es un pueblo sin la menor transcendencia, se fajó con el toro e hizo una magnífica faena. Por eso Ponce es tan grande, porque nunca se rinde, siempre da la cara con independencia de la categoría de la plaza, y le valen más toros que a nadie.

Comenzó con unos torerísimos y poderosos doblones. Después una muleta firme y sin titubeos embarcó una y otra vez una embestida áspera y sin calidad. Con la muleta siempre por delante, Ponce toreó muy bien en redondo a un toro que embestía probando y salía con la cara por las nubes. Y a pesar de todo esto, no hubo ni un enganchón, cosa dificilísima y al alcance de casi nadie. Destacó sobremanera por su estética y rotundidad el toreo sobre la mano derecha. Los circulares con la rodilla flexionada del final, levantaron al público del asiento por primera y única vez en toda la tarde. Después de una estocada trasera, cortó dos orejas de las de verdad.

Y esta faena al cuarto fue lo único verdaderamente importante de ayer en Brihuega. El resto del festejo apenas valió nada. Y es que en plazas de tercera no se puede ver a los toreros de postín, que se toman todos los alivios habidos y por haber. Los toros de la Palmosilla daban asco, muy chicos y cornicortos. Tres de ellos fueron auténticos becerros propios del bombero torero, y su juego también dejó bastante que desear. Unos torillos blandos y descastados, al límite de la fuerza y de la raza. Solo el cuarto y el sexto rompieron la tendencia. Ya he hablado del cuarto, que fue un manso con poder...

El sexto fue el único bueno del festejo, un animal con gran clase. Le tocó a Cayetano, que estuvo mejor de lo que en él es habitual. Aunque la faena fue de más a menos y nunca estuvo a la altura de tan excelente embestida, al menos toreó más despacio y más hacia adentro que lo que en él es costumbre. Eso sí, tuvo delante a un entregado colaborador que, además, era un becerro más ingenuo que Espinete. A Cayetano le están llevando entre algodones, le cuidan como no han cuidado a torero alguno a lo largo de la historia. Pero un día inexorablemente se encontrará con un TORO. Entonces ya veremos lo que ocurre.

Por otro lado Cayetano torea ante un público eufórico y entregado de antemano y compuesto por marujas adictas a los programas basura, quinceañeras que van a verlo como si de un cantante de moda se tratase, y otros individuos de dudosos gustos. Hay con él una total benevolencia. Pero está a punto de enfrentarse a los públicos duros y exigentes y ya veremos cómo. Con tan escaso y corto bagaje profesional, cómo sale de tan tremenda prueba. Al final tanto privilegio y tanto cuidado van a ser contraproducentes. Al tiempo.

Cayetano había toreado otro toro (es un decir), el tercero, tan pronto como flojo. Como no sabe torear a media altura, la faena fue una sucesión de mantazos y de caídas… y la oreja otorgada, de verbena.


El otro espada de la terna era Morante de la Puebla, que debe estar encantado de los cuidados que le presta su nuevo apoderado. Pero él no necesita del toro caca porque ha demostrado mil veces que es muy capaz de estar sensacional con el toro normal y también con el toro-toro. Su primero, blandito y desrazado, duró muy poco. Mientras duró le dio una serie de derechazos de planta asentada y muleta mecida que fueron sensacionales. El quinto fue un sobrero enano e inválido con el que no hizo el menor esfuerzo. No quiso ni verlo y se lo quitó de en medio a las primeras de cambio. No le pitaron mucho cuando abandonó el coso. Todo el mundo estaba tan contento: los buenos aficionados por haber visto una gran faena de Ponce; y el publiquito de “Sálvame” y “Gran Hermano” por haber visto salir a hombros al inefable príncipe azul de las revistas del colorín.

Fuente: Web De toros en libertad

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