miércoles, 12 de marzo de 2014

LUIS LEAL PRESENTA EL LIBRO DE MIGUEL HERNÁNDEZ “La verdad desnuda”

©Dolores de Lara

Nota de Prensa

Luis Leal, un hombre que pasa desapercibido, siendo grande. Metido entre libros y recuerdos nos narra la vida de otro hombre que siendo grande de mente cayó en las atrocidades de la política, cuando entonces era prohibido declararse.

Este hombre, Luis Leal, quiere recordar a Miguel Hernández con este libro, los 72 años de su muerte, muriendo muy joven, con tan solo 32 años.

CATALINO, 99 AÑOS HOY, DÍA 12 DE MARZO DE 2014 compañero de cárcel de Miguel, se encontraba sentado y lúcido en la presentación del libro de su compañero de celda: Miguel Hernández.

Como hemos anotado, llega a la cárcel de Torrijos el 15 de mayo de 1939. Así me lo cuenta Catalino Domínguez Ortiz (un castellano-manchego natural de Fuente del Fresno (Ciudad Real), enamorado como pocos de la persona, y de la obra, del poeta oriolano), quien fuera testigo presencial de la llegada del poeta a la prisión (105): “Miguel Hernández llegó a la cárcel de Torrijos el día de San Isidro, 15 de mayo, fiesta en Madrid por ser el Patrón de la ciudad. Se armó un gran revuelo entre los reclusos; todos queríamos verle y saludarle, sobre todo cuando salimos al patio. Miguel estaba en la sala primera de la cuarta galería, y a esa misma sala llegó, a finales de agosto, un guitarrista amigo del poeta. Con dicho motivo, ambos artistas, poeta y guitarrista, celebraron un recital después de la cena, en la sala 10 de la planta baja. Allí me encontraba yo, junto con unos amigos: Manuel Roa, quien estaba en la sala 6 de la planta 1ª, y Máximo Monteagudo “Chicharra”, oficial de carpintería. Recitó el “Niño Yuntero” y “Nanas de la cebolla”. Este poema, según dijo, lo había compuesto la noche anterior, después de recibir una carta de su mujer en la que le decía que Manuel Miguel, su niño, sólo comía pan y cebolla.” Catalino se emociona según va recordando aquella escena y unas tímidas lágrimas humedecen sus pupilas. Suspira profundamente y continúa: “En aquel recital fue donde se estrenó el poema “Nanas de la cebolla” que no tuvo título hasta que el amigo guitarrista preguntó al poeta ¿qué nombre le pondrás? Miguel contestó: “Nanas de la cebolla”.

Nos cuenta Luis, que Catalino, que ya le había dado muestras de su generosa amistad desde que yo tuviera la fortuna de admirarle en algunas de sus interpretaciones teatrales (“El canto del cisne”, de Chejov, “La llave en el desván”, de Alejandro Casona, “El millonario y la maleta”, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, y “El divino impaciente”, de José María Pemán, bien acompañado por el también ciudadrealeño, de La Solana por más señas, Francisco Romero de Ávila), aflorando en su rostro una tenue sonrisa me detalla: “Nunca lo había contado a nadie, pues no he querido recordar aquella etapa de mi vida”. Abusando un poco de su edad, y de su paciencia, le ayudo a recordar, y el bueno de Catalino, ahora sí, ahora explota y deja escapar una gran sonrisa que poco le falta para llegar a sonora carcajada, me manifiesta: “Recuerdo que Miguel y el guitarrista fueron arrestados a limpiar y barrer las salas y oficinas”; y, ante mi pregunta ¿a ti no te castigaron?, nuevas muecas temblorosas con su contestación: “Los asistentes fuimos arrestados a limpiar las letrinas y demás salas de la cárcel”.

Catalino, como actor que ha sido, cambia rápidamente el semblante de su rostro y con una mirada un tanto inquisidora, tal vez buscando mi aquiescencia, me entrega un cuaderno de espiral en cuya portada se lee: “Recordando a Miguel Hernández en el centenario de su nacimiento”. Es un extenso poema (no son los versos de un gran poeta, pero expresan el cariño que aún conserva hacia el oriolano), en el que recuerda aquellos cuatro meses exactos que Miguel permaneció en Torrijos, según el texto de Catalino.

Unos días después, en carta a Josefina fechada el 12 de septiembre, Miguel hace mención a esta composición poética: “Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando esas coplillas que le he hecho, ya que aquí no hay para mí otro quehacer que escribiros a vosotros o desesperarme (106).” Unos días antes, 22 de agosto, Miguel escribe a Josefina: “He recibido el certificado de don Luis Almarcha. No es gran cosa lo que dice, pero servirá a mi abogado defensor probablemente” .

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