miércoles, 2 de septiembre de 2009

SANTA Mª LA REAL DE NIEVA


EN UN RECODO DEL CAMINO A NIEVA.
(Historia y tradición taurina)

Ángel Santiago Bernardos
Quienes lean ahora este artículo encontrarán una fuente inspiradora que seduce por la entrega, de unas personas, en defensa de la tradición taurina en una Villa a mediados del Siglo XIX. Sin motivo aparente, unos personajes anónimos, en su mayoría venciendo envidias y dificultades, reflejan una dimensión apasionada de amor por las corridas de toros.
El relato comienza con el asentamiento de unas gentes en un lugar privilegiado de Segovia, allá por el año 1.392. Las crónicas noveladas cuentan que fue el deseo de la Virgen aparecida en imagen, quien murmuró a un pastor: Pedro Amador, construir una iglesia dedicada a Ella.
El caso es que, atraída por las habladurías del milagro de la Soterraña, la esposa del Rey Trastámara de Castilla, Enrique III, llamada Catalina de Láncaster, eleva el lugar a noble Villa de Santa María de Nieva. Su hijo, Enrique IV, celebra Junta de Cortes en el Monasterio Dominico que se construye junto al templo, de ahí lo de “la Real”. Estos frailes, siguiendo la costumbre recaudadora, imposible de cobrar diezmo a los ganaderos de bravo, no existen en la zona, obligan a contribuir a los industriales de la época. Por la caja de los religiosos pasa el carnicero que compra la carne de los toros que se lidian en la Plaza Mayor. Alquilan los balcones del convento a los pudientes que quieran ver los juegos con toros en mejor condición y seguridad. El abuso respaldado por el poder que enriqueció las arcas de los monasterios.
Abril de 1.845. El toreo a pie está consolidado en los pueblos de España. El negocio taurino es un hecho resplandeciente. Unos avispados vecinos, los más representativos de la Villa, estudian la financiación para construir una plaza de toros. El presupuesto estimado es de 60.000 reales. Ofrecen a los vecinos 60 participaciones a 1.000 reales cada una. Necesitan un director de obra. En Sangarcía han hecho una plaza, hay que contratar al maestro. Carlos Garcimartín. Es el sujeto imprescindible para dirigir la construcción.
Se elige el lugar. En las afueras del pueblo, en un cerro conocido por “Los Nogues”, se comienza a allanar lo que será el ruedo. El sitio refleja destellos ocres. El olor es intenso, a paja rancia mojada. La vista se pierde en la arboleda del río. Casi la totalidad de los habitantes de la Villa comienzan una frenética labor de pico y pala para sacar las planchas de pizarra. Esto es el trabajo más duro. Aparecen los estanques artificiales hechos en la piedra para lavar el curtido de las pieles, actividad lucrativa de la zona. Junto a estas, más de cuarenta pilas desenterradas, aparecen las vasijas y cántaros con los que transportaban el agua hasta el nogue, además de varios utensilios de curtir que vuelven a ver la luz. En otra excavación para obtener la pizarra, base de la construcción de la plaza, se descubre un horno para fundir hierro. La abundancia de material, permite comenzar la edificación el día 1 de Mayo. Las paredes exteriores se levantan en un tiempo sorprendente. Los trabajos de albañilería interiores se le encargan al vecino Domingo Fernández. Prácticamente, todo el pueblo se involucra en las obras. Una cuadrilla de veinte obreros gallegos, braceros itinerantes, son contratados Con esta ayuda se logra un impulso sensacional para la terminación del inmueble. Altillos y sobradil se encargan a otro vecino, Tomás Rodríguez, recibiendo pitos a su labor. Puertas y ventanas se trajeron de Coca. Los machos, madres y pilares para gradas, llegaron de Mata de Cuellar. La plaza nunca se llegó a terminar del todo aunque, una hora antes de la inauguración estaba lista para celebrar la primera corrida de toros, en un tiempo record para orgullo de los habitantes de Santa María y de toda la provincia. 5.500 espectadores podían asistir al festejo. Las puertas de la magna Plaza de Toros se abrieron a las 5 de la tarde del día 9 de Septiembre de 1.848, tres años después de comenzar las obras, fecha en que se conmemora la onomástica de la aparición de la Virgen de la Soterraña, Patrona ilustre de la Villa.
Los administradores se consideraban capacitados para formar empresa taurina. Es el comienzo del despilfarro. Ganaderos, cuadrillas, picadores, matadores, todos orientados a estafar a estos despistados taurinos. El día 26 de Agosto se compran 12 toros a don Salvador Bañuelos de Colmenar Viejo, para dos corridas a 1.250 reales cada uno. Tierra en la que pastaban los más fieros y repudiados por los toreros de la época. Curro Cúchares sería el encargado de lidiar y dar muerte a todos los astados, por un precio de “ganga”, 29.000 reales. El hijo del banderillero “Costura”, deslumbrado por los reales y en la seguridad de que, no necesitaba arriesgar, se sintió muy complacido de su contratación. ¡Ah! Era sobrino de Curro Guillén. No solo buscaba ventajas el famoso y asustado matador, los picadores llegaron con puyas especiales para parar y desgarrar a los toros y dejarlos moribundos. No contentos, obligaron a los organizadores a proveerse con 24 caballos de picar.
El siguiente año, las cosas cambiaron poco. Los inexpertos empresarios fueron convencidos para contratar a Julián Casas “El Salamanquino”, matador de medio pelo en arte, pero “espabilao” en el trato. Este obligó a comprar los toros a sus socios, don Justo Hernández y Antolín Jerez, ganaderos de Colmenar, al nada despreciable precio de 1.300 reales unidad. Compraron otros 12 caballos para completar los 24. Los picadores actuantes obligaron a adquirir 6 que llevaban con ellos.
La plaza disponía de 30 equinos para dos corridas de toros, ¡ni la Maestranza en su mejor época!. El airoso y mediocre matador natural de Béjar, cobró 23.000 reales más la comisión por venta de toros: una punta de vacas y dos sementales de los ganaderos contratados con los que, formó su propia ganadería de bravo. El resultado fue horrible: insultos y piedras para el matador y su cuadrilla. En la segunda corrida no hubo asistencia por un aguacero a la hora señalada.
Sin duda, la Plaza de Toros de Santa María la Real de Nieva es la más curiosa y sorprendente de Castilla León. Sumida en un desinterés por la propiedad municipal. Por otra parte, la poca importancia que dan los habitantes a los festejos que en ella se organizan, con mucho esfuerzo por personas conocidas. Resultado: Es posible que en un futuro se construyan chalets con sus planchas de pizarra. Que se instale una comuna de marginados. Puede ser que, entre todos salvemos esta plaza de toros de carácter tan singular, se acabe de construir y se programen unos carteles de tal categoría que serán la envidia de toda la provincia y de los aficionados del mundo.
Se lo debemos a los antepasados que habitaron estas tierras. Familiares de Santa María, que se dejaron la piel, la ilusión y el corazón levantando este edificio en un esfuerzo sobrehumano. Estamos obligados a demostrar respeto y reconocimiento a aquellos hombres y mujeres, por este legado histórico e irrepetible.

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