sábado, 19 de septiembre de 2015

RELATO DE UN REFUGIADO SIRIO

Prólogo y traducción por Juan de Lara

Juan de LaraEste relato va dirigido para los que aun permanecen ajenos a la delicada situación que se vive en Siria, un país que, al igual que ocurriera en España en el segundo tercio del siglo pasado, está inmerso en una terrible guerra civil que está asolando cada uno de sus rincones, donde más de 250.000 personas han muerto, y al menos un millón han resultado heridos en los más de 5 años que ya dura este conflicto, agravado por la incursión en el mismo de grupos radicales islamistas y las crisis diplomáticas del gobierno sirio con otros países vecinos, que han dado pie a bombardeos y ataques incendiarios hacia Siria.

"Los niños de cuatro años sólo conocen la guerra, 1.6 millones ya no pueden ir al colegio y sólo en el primer semestre de 2014 se cometieron 1.200 violaciones graves contra menores. Las mujeres no pueden dar luz en hospitales porque las infraestructuras sanitarias han sido atacadas o porque directamente el personal ha sido asesinado. La gente no puede ganarse la vida porque no hay empleos a los que acudir, las tiendas se han cerrado y los mercados se han desmantelado. La única opción para resistir  en este drama humano es tratar de buscar protección y alimento. Pero incluso estos mínimos son difíciles de conseguir", escribía Paula San Pedro, Investigadora y Responsable de Incidencia Política de Acción Humanitaria en Oxfam Intermón, para eldiario.es.

El origen de este infierno, supuestamente, empezó con las pintadas de unos adolescentes contra la opresión de su gobierno, las cuales fueron reprimidas con la captura y tortura física de los jóvenes rebeldes por parte de las autoridades del país y, posteriormente, con la disolución con armas de fuego de los manifestantes que se alzaron en consecuencia, provocando muertos y heridos.

Durante este período, de más de un lustro, ante el temor de morir en su país de un disparo o en una explosión, se está produciendo un éxodo masivo, el mayor tras la II Guerra Mundial, de habitantes sirios que, dejando su vida y su patria atrás, recorren un largo y tortuoso camino en busca de un lugar seguro lejos del terror.

El relato que se expone a continuación fue recogido por Tina Beckmann de boca de un refugiado sirio, publicándolo en su propio Facebook en alemán. Otras personas han difundido y traducido el relato en inglés. Es por ello que continuaré la cadena, exponiendo el relato íntegro y que yo mismo he traducido al español, con la ayuda de Kathryn Price, bajo el título "Relato de un refugiado sirio".

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RELATO DE UN REFUGIADO SIRIO

Tienes 29 años, una esposa, dos niños y un trabajo. Tienes suficiente dinero, puedes permitirte unos cuantos caprichos y vives en una pequeña casa en la ciudad.

De repente, la situación política cambia en tu país. Unos cuantos meses después, soldados se agrupan en frente de tu casa, y en frente de las casas de tus vecinos también. Dicen que si no luchas para ellos, te dispararán.

Tu vecino se niega. Un disparo. Es el final.

Escuchas a uno de los soldados decir a tu mujer que se abra de piernas. De alguna forma, consigues deshacerte de los soldados y pasas la noche dándole vueltas a la cabeza.

Repentinamente, de madrugada, escuchas una explosión. Tu casa ya no tiene salón. Corres hacia afuera y ves que toda la calle está destruida. Nada queda en pie.

"¡Los refugiados que están buscando asilo tienen muchos objetos de lujo! ¡Smartphones y ropa de marca!"

Coges a tu familia, la llevas dentro de tu casa y, entonces, corres hacia la de tus padres. Su casa ya no existe. Tus padres no están allí tampoco. Miras alrededor y encuentras un brazo con el anillo de tu madre en su dedo. No puedes encontrar ningún otro rastro de ellos.

Inmediatamente, tratas de borrarlo de tu mente. Vas a toda prisa a tu casa y le dices a tu mujer que vista a las niñas. Agarras una pequeña mochila porque algo pesado será difícil de llevar durante mucho tiempo. Dentro de ella, metes sólo cosas esenciales. Sólo caben dos prendas de ropa para cada uno. ¿Qué más puedes llevarte?

Probablemente, no volverás a ver tu propio país nunca más. No a tu familia, no a tus vecinos, no a tus compañeros de trabajo... ¿Pero cómo puedes mantenerte en contacto? Rápidamente, tiras tu teléfono móvil y el cargador dentro de la mochila. Además, las pocas prendas, algo de pan y el peluche favorito de tu hija pequeña.

"Tienen dinero suficiente para huir. ¡No son pobres!"

Como veías lo que iba a ocurrir, ya tienes todo tu dinero preparado. Conseguiste ahorrar algo gracias a tu trabajo bien remunerado. El amable traficante de personas en tu barrio cobra 5.000€ por persona. Tú tienes 15.000€.

Con un poco de suerte conseguirás huir con toda tu familia. Si no, tendrás que dejar marchar a tu mujer y tus hijas sin ti. Amas a tu esposa y rezas para que los traficantes os cojan a los cuatro.

Por ahora, estás totalmente exhausto, y no tienes nada más. Simplemente, a tu familia y tu mochila. El trayecto hacia la frontera son dos semanas a pie. Tienes hambre y, durante la última semana, apenas has comido. Estás débil, al igual que tu mujer. Pero, al menos, las niñas tienen suficiente.

Ellas han llorado todo el camino. La mitad del tiempo tienes que llevar en brazos a tu hija pequeña. Ella sólo tiene 21 meses. Dos semanas más y conseguís llegar a la costa.

En medio de la noche, tú y tu familia embarcáis hacinados junto al resto de refugiados. Tienes suerte... porque toda tu familia puede entrar en el barco.

La embarcación está tan llena que parece que va a volcar en cualquier momento. Rezas para no morir ahogado. La gente a tu alrededor está gritando y llorando. Unos cuantos niños pequeños han muerto de sed. Los traficantes los tiran por la borda.

Tu esposa está sentada en un rincón, con la mirada perdida. No ha bebido nada en dos días.

Cuando la costa está en el horizonte, todos sois movidos a pequeñas barcas. Tu esposa y tu hija pequeña van en una de ellos; tú y tu hija mayor vais en otra.

Se te advierte que debes permanecer en silencio, de modo que nadie os descubra. Tu hija mayor lo entiende, pero tu hija pequeña, en el otro barco, no. Ella no para de llorar. Los otros refugiados comienzan a ponerse nerviosos y demandan que tu mujer mantenga a tu pequeña en silencio. Ella no puede.

Ves como uno de los hombres agarra a tu hija, la arranca de los brazos de tu mujer, y la tira al mar. Tú saltas tras ella, pero no puedes encontrarla. No volverás a verla nunca más. En tres meses iba a cumplir 2 años.

"¿No es esto suficiente para ellos?

Les estamos dando todo, tinto y en el jarro"

Ya no sabes ni como tú, tu mujer y tu hija mayor conseguisteis llegar a ese país que te dejó entrar. Tú mente estas nublada. Tu mujer no ha dicho una sola palabra desde que vuestra pequeña murió. Tu hija mayor se aferra al peluche de su hermana pequeña y está totalmente apática. Pero tú tienes que continuar. Estáis a punto de llegar al campamento de emergencia.

Son las diez de la noche. Un hombre cuyo idioma no entiendes te lleva a una sala con camas supletorias. Hay 500, muy juntas unas con otras. La sala es ruidosa y está mal ventilada.

Tratas de orientarte para entender que será lo siguiente que te dirán que tienes que hacer. Pero, en realidad, apenas puedes permanecer en pie. Casi deseas que te hubieran matado de un disparo. En lugar de eso, guardas tus pocas posesiones: dos prendas de ropa por persona y un teléfono móvil. Entonces pasas tu primera noche en un país seguro.

A la mañana siguiente te dan algo de ropa. Algunas de las prendas que recibes son incluso de marca. Y un juguete para tu hija. Te dan 140 euros. Para todo el mes.

"Ellos están seguros aquí.

Por tanto, ¡deberían estar contentos!"

Afuera, en el patio, vestido con tu nueva ropa, agarras tu móvil con tu mano en alto, esperando conseguir algo de cobertura. Necesitas saber si alguien en tu ciudad aun está con vida.

Entonces, un "preocupado" ciudadano viene y te insulta. No sabes por qué. No entiendes su "¡Vuelve a tu propio país!". Entiendes algunas cosas como "teléfono móvil" y "te damos todo en la mano". Alguien lo traduce para ti...

Y, ahora, dime cómo te sientes y que te queda. La respuesta a ambas preguntas es: "nada".

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